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¿Cuánto dura un castigo?

Por Ana Veiga Soria
Última actualización 28/06/2012@13:06:55 GMT+1
De cara a la pared, en la silla de pensar, sin juguetes o sin ver los dibujos… Todos hemos pasado por estos castigos en nuestra infancia y seguramente todos los -ahora- padres hayan acabado por usarlos. Pero cuando tu hijo te desobedece y el enfado te domina, ¿cuáles deben ser nuestros límites?
El castigo no es algo nuevo. Existe desde que existen los padres y, aunque hoy en día nos hemos mentalizado de que debe ser el último recurso, se sigue empleando. Sin embargo, el castigo, igual que la sociedad, ha evolucionado con los tiempos, desde el antiguo y reprobable lanzamiento de zapatilla hasta los nuevos métodos pedagógicos.

La idea del castigo surge del condicionamiento operante, que pretende corregir una conducta modificando las consecuencias que esta provoca. Este tipo de condicionamiento cuenta también con la técnica del refuerzo positivo, esto es, el premio a las buenas acciones o actitudes. No obstante, y aunque sería maravilloso poder educar a nuestros hijos solamente en un sistema de recompensas, el castigo sigue siendo una de las opciones más empleadas por los progenitores.

¿Es por tanto el castigo algo que debemos aceptar como inevitable? "En primer lugar, existe el amor, luego el vínculo y el apego y por último la seguridad. Por supuesto que lo primero será siempre querer a nuestros hijos pero sí debemos marcarles límites; sino, nos estarán educando ellos a nosotros", explica Javier Urra, reconocido psicólogo infantil, "No puede ser que el niño sea el que te condiciona a ti".

Lo que diga el reloj

Los tiempos en el castigo son importantes para ayudar al niño a digerir su frustración y entender que debe modificar su conducta. A continuación de su mala acción, entraremos en la pausa o tiempo fuera, en el que dejaremos al menor a solas para que medite mientras sus padres aprovechan la coyuntura para redirigir la situación hacia los buenos hábitos. Pero ¿cuánto debe durar un castigo?

"La concepción del tiempo que tenemos los adultos es muy distinta a la de los niños. Si para nosotros sería mucho tiempo estar en una habitación 30 minutos mirando a la pared, para ellos 5 minutos ya son una eternidad". El que habla es Pedro Martín, psicólogo infantil, que apuesta por la brevedad de los castigos en los más pequeños. "Si un minuto es suficiente para mandarlo a su silla de pensar, no debemos olvidarlo en su rincón durante horas", añade.

De hecho, es precisamente un minuto la medida que los educadores proponen para usar por cada año de edad. Así, comenzaríamos con castigos de 30 segundos para aplicar un minuto a partir de que cumplan un año. Si cuando lo vamos a buscar sigue con una mala actitud, le advertiremos que deberá estar al menos 15 segundos sin esa actitud si realmente quiere salir de su rincón. En caso de que durante su estancia de tiempo fuera haya causado algún desperfecto, deberá reponerlo o corregirlo de alguna manera.

Por su parte, Urra se muestra contrario a las medidas exactas en el tiempo de la reprimenda: "Para un buen cocinero, las medidas de la receta son una referencia a tener en cuenta pero sabe cuándo mezclar los ingredientes y por cuánto tiempo. Apoyo el conductismo pero el ser humano es más complejo que eso, no se puede aplicar de forma marcial".

Si no queremos "cronometrar" al pequeño, basta con que le mandemos realizar una actividad que indique una duración determinada. Ojo: la actividad que elijamos será asociada por nuestro hijo a algo negativo ya que interrumpirá su jornada normal y la relacionará con nuestro enfado; por tanto, no es recomendable elegir actividades que queremos que hagan a gusto, como cepillarse los dientes. Un ejemplo útil podría ser mandarle recitar el abecedario o cantar una "canción de pensar" y, una vez terminado, cambiar la actividad e incluso el espacio para llamar su atención hacia algo diferente.

La norma más importante para medir un castigo es que debe ser lo suficientemente largo para que le haga calmarse pero lo suficientemente corto para que no alimente su frustración.

El tiempo será también un factor decisivo en la efectividad del castigo ya que aquellos aplicados inmediatamente después de la acción incorrecta serán más eficientes que los aplicados tiempo después. Cuanto más retrasemos la reprimenda, más complicado le será al pequeño asimilar qué acción es la que nos disgusta. Eso sí, es importante que contemos como "tiempo de castigo" a partir de que el niño empieza a calmarse.

Cómo explicárselo

En primer lugar, el trabajo provendrá de los padres. Deberán establecer los límites para que el niño tenga claro qué cosas no vamos a tolerar.

En segundo lugar, se recomienda crear un espacio lo más libre de tentaciones posible ya que sabemos que nuestros pequeños terremotos pueden irrumpir en el salón y fijarse en la figurita de cristal al borde de la mesa. Si además su tentación es peligrosa y no podemos eliminarla de la casa -como un enchufe o el horno-, nuestro trabajo empezará desde la primera vez que ronde la zona de riesgo. Será entonces cuando deberemos apartarlo con un pausado pero contundente NO y dirigir su atención a otra actividad.

Y la tercera clave: la comunicación. Es muy importante que expliquemos por qué lo hemos castigado de una forma concreta, sobre todo cuando el niño supere los dos años y su comprensión de causa y efecto sea más clara. "No podemos reforzar lo negativo; si hace algo mal, debe saber que tiene consecuencias y que siempre las tendrá, aunque sean a un pequeño nivel como retirarle los juguetes durante un rato", comenta Urra.

Nunca deberemos castigarle si no habíamos creado una norma previa. Si, tras explicarle las normas, ha traspasado igualmente los límites, le aclaremos la conexión entre su acción y las consecuencias. Es importante hacerlo de una forma concreta, es decir, no debemos decirle solamente "tienes que portarte bien" sino cómo portarse bien: "tienes que recoger tus juguetes".

Sin embargo, no basta con explicar por qué está mal sino cómo debe hacer para arreglarlo y cuál será la forma de actuar que esperamos de él la próxima vez. Nuestra cara y nuestras palabras nos servirán para que entienda cómo nos sentimos frente a su actuación. Algo como: "no has hecho lo que mamá y papá te han dicho así que tienes que sentarte aquí hasta que te calmes".

Si su desobediencia nos ha llevado a un estado de excitación e irascibilidad, será mejor calmarse antes de empezar la reprimenda. Se trata del momento en que los padres se tomen su propio tiempo fuera para explicar sus motivos de enfado con un tono sereno y mirándoles a los ojos. Una recomendación es expresar cómo nos hemos sentido cuando se han portado mal: "Si rompes ese jarrón, yo me pondría muy triste porque me lo regaló la abuela y me gusta mucho".

Este tiempo extra que nos otorgamos para gestionar el problema de forma adecuada también existe para el niño, al que debemos ofrecerle la oportunidad de que demuestre que ha cambiado su actitud. No es justo castigarle sin dejar que nos demuestre si lo ha entendido o sin advertirle antes de qué pasará si continúa con esa acción. Para avisarle, usaremos las palabras "si" o "entonces", por ejemplo "si no dejas de pegar a tu hermana, no te dejaré jugar con ella". Una vez cumpla su castigo, le enseñaremos de qué forma queremos que reaccione en vez de la que ha usado.

Para confirmar la eficacia de nuestra medida, observaremos su reacción con paciencia. Si nuestro castigo no condiciona sus acciones, no lo habremos aplicado correctamente.

El refuerzo positivo a la buena acción aprendida será el colofón final que hará ver al pequeño la gran diferencia en la reacción de sus padres en función de su obediencia.

Castigos para los más peques: 0-2 años

"Hasta que no llegan al año y medio, no empezarán a entender qué son las consecuencias, por lo que castigarles de una forma severa sólo servirá para que lo pasen mal y no aprendan", comenta Eva Piñeiro, Técnico en Educación Infantil, que afirma: "Nuestras armas serán la paciencia y la repetición".

En contrapartida, J. Urra apuesta por marcar las consecuencias de los actos desde la más corta edad: "El niño no entiende pero aprende. El castigo irá aumentando a medida que crece pero sí debe aplicarse desde el principio para que entienda qué no puede hacer y, con el tiempo, aprenda la relación acción-consecuencia".

Por tanto, entre uno y dos años no existirán "castigos" como tal, aunque sí empezaremos a marcar ciertas normas de conducta que deberán ir aprehendiendo aunque seamos mucho más transigentes en su aplicación.

En estas edades, podremos optar por una primera fase de aprendizaje que llamaremos el "castigo positivo". Consistirá en que los padres acompañen al niño realizando una actividad tranquila hasta que se relaje. Por ejemplo, podremos decirle "Vamos a leer este cuento un rato hasta que nos sintamos mejor".

El castigo positivo servirá para que el pequeño se calme y para que empiece a aprender que esa sensación de relajación es la que deberá perseguir cuando su frustración se apodere de él.





Enlaces recomendados:

1. Reconocido psicólogo Javier

www.javierurra.com



2. Video sobre la conveniencia del castigo:

http://www.youtube.com/watch?v=EMkEHx2rqbM
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    6058 | carol juliana - 19/11/2012 @ 00:34:12 (GMT+1)
    SERIA MUY RARO PONERLE ESE CASTIGO AUN JOVEN DE MAS EDAD, ESO ES MUY ABSURDO
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